No Había Costumbre: El Relato de la Fin del Franquismo
¿Cómo muere un imperio? El dilema narrativo de la caída del dictador.
¿Qué sucede cuando el fin de una era no solo es inevitable, sino que se presenta como conceptualmente imposible? Esa es la pregunta fundacional que Miguel Ángel Aguilar plantea en No había costumbre. Este libro trasciende la mera crónica histórica; es un profundo examen sociológico y periodístico sobre la naturaleza del poder absoluto. El autor nos obliga a confrontar el desconcierto colectivo de una nación sumida en la inercia, donde la figura de Francisco Franco parecía no estar sujeta a las leyes biológicas o políticas que rigen a cualquier ser humano. La obra desmantela esa lógica dicotómica, demostrando cómo un régimen construido sobre la negación del tiempo y la finitud choca brutalmente contra la realidad física.
Aguilar utiliza el recuerdo de los días previos al 20 de noviembre de 1975 -vivenciados desde la trinchera periodística de una revista como Posible- para establecer este dilema central: la parálisis institucional frente a la evidencia. El título mismo, «No había costumbre», es un golpe mordaz contra la solemnidad impuesta por el franquismo. No se trataba solo de que el dictador estuviera enfermo; era la incapacidad del sistema -y de sus observadores- para procesar la idea de su desaparición. Esta parálisis simbólica constituye el motor dramático del libro, ofreciendo una visión íntima y lúcida sobre cómo un poder estupefacto intentó controlar el relato de su propia agonía en los últimos días.
Arquitectura narrativa: La tensión periodística en el último tramo del franquismo.
La maestría de Aguilar no reside solo en lo que cuenta, sino en cómo lo narra. El libro se construye como una crónica hiperdetallada, donde la perspectiva de testigo se fusiona con la agudeza analítica del periodista profesional. La trama no avanza mediante grandes acontecimientos dramáticos (aunque sí los hay), sino a través de las tensiones minuciosas del día a día: la vigilancia censora en la redacción, el murmullo político entre periodistas, y la lucha por la verdad en un ambiente saturado de desinformación oficial. El tono es una mezcla exquisita de rigor histórico y sarcasmo flemático, logrando ese equilibrio que Trapiello elogia: contar una historia odiosa sin caer en la solemnidad o el arrequive melodramático.
El desarrollo del conflicto se articula a través de la fricción constante entre el deseo del Régimen por mantener su mito intacto y la necesidad creciente del periodismo -el oficio artesanal que Aguilar reivindica- de exponer la realidad desnuda. El lector es arrastrado al claustro mental de los periodistas, sintiendo la opresión de la censura mientras se acerca inevitablemente el punto de no retorno. No es una novela épica, sino un documento vivo; cada anécdota está pulida con precisión, dotando a los eventos -desde los fusilamientos del 27 de septiembre hasta la agonía final- de una textura casi palpable. Esta construcción narrativa eleva el testimonio a la categoría de obra maestra periodística.
Los tres pilares que definen el ocaso: Un análisis temático profundo.
La genialidad de Aguilar reside en no aislar el evento central (la muerte) sino en situarlo como el punto culminante de una compleja matriz de colapsos, tanto internos como externos. Esta visión holística es esencial para entender la magnitud del cambio que se gestaba.
1. El poder corrosivo de la censura y la verdad oculta
Desde su experiencia en Posible, Aguilar nos sumerge en el mundo donde la información era un campo de batalla político. La prensa, bajo el franquismo, operaba como un cuerpo institucionalmente paralizado, constantemente vigilado y obligado a construir narrativas oficiales que desmentían cualquier señal de debilidad. El libro expone cómo esta cultura del secreto no solo afectó al periodismo, sino a la sociedad entera. Se revela la dinámica precisa con la que el Régimen intentaba encapsular y controlar el relato final, transformando lo inevitable en un misterio oficial. Este análisis es crucial para comprender cómo la mentira se convierte en la estructura de soporte del poder.
2. La resonancia global: Los ecos de los Claveles y la Marcha Verde
La muerte de Franco no fue un suceso hermético; fue el punto final de una transformación geopolítica acelerada. Aguilar inserta con maestría tres acontecimientos externos vitales: la Revolución de los Claveles en Portugal, que demostró que la dictadura podía caer por la voluntad popular; los fusilamientos del 27 de septiembre, que evidenciaron el terror sistemático y despertó un repudio internacional crucial; y la Marcha Verde, que marcó el desmantelamiento colonial. Estos elementos actúan como telón de fondo vibrante, demostrando que el colapso español era parte de una onda expansiva global. La obra es, por tanto, una crónica local con implicaciones mundiales.
3. El colapso simbólico: Más allá del cuerpo físico
El concepto de «No había costumbre» se expande más allá del biológico y alcanza lo simbólico. El dictador era, en esencia, un símbolo; la figura que encarnaba el orden impuesta por los vencedores de 1936. Su muerte no fue solo un adiós físico, sino el cese abrupto de una mitología forzada. Aguilar muestra cómo este colapso simbólico se manifestó en la confusión política y social: la incapacidad de las instituciones para reaccionar, la incredulidad popular ante lo imposible. El libro es un estudio fascinante sobre la fragilidad del mito político cuando pierde su ancla física.
Lectores esenciales: ¿Para quién es esta crónica de la Transición española?
No había costumbre no es una lectura ligera; requiere y recompensa al lector que está dispuesto a invertir en una prosa densa, analítica y profundamente histórica. Es ideal para el lector aficionado a la novela testimonial o a la crónica periodística de alto calibre. Si usted se interesa por los mecanismos del poder, la resistencia informativa y las transiciones políticas complejas (como América Latina o Europa Oriental), este libro es un recurso esencial. La calidad literaria, que algunos críticos comparan con Galdós o Baroja, asegura que el rigor histórico nunca se sienta árido, sino profundamente humano.
Sin embargo, debe tener en cuenta el ritmo de lectura. No es una narración de acción rápida; es una inmersión reflexiva y metódica. Aquellos lectores que buscan un thriller político con giros constantes o que prefieren biografías lineales y simplistas podrían sentirse desafiados por la sutileza del periodismo de investigación, donde la tensión se construye mediante el detalle minucioso y la ironía constante, en lugar del clímax dramático. Es una lectura que exige paciencia para desentrañar las capas de la historia.
Si su pasión es entender cómo se construyen los mitos y cómo se hacen añicos, si le fascina el periodismo como arte artesanal frente a la efímera cultura digital, o simplemente si busca una mirada incisiva sobre el origen de la democracia en España, este libro no solo satisface, sino que eleva sus expectativas. Es un testimonio lúcido y vibrante que se ha ganado su lugar como pieza fundamental del canon de la historia reciente.
¿Puede un relato escrito medio siglo después ser más honesto que aquel vivido en el fragor de los acontecimientos?
